Muchas personas albergan la idea de que otras personas, en algún lugar ahí fuera, han alcanzado la vida perfecta. Cuando comparan, se sienten insatisfechas con la vida que tienen o incluso timadas por completo, privadas de lo que, según creen, se merecen pero no tienen, una vida que, en realidad, nadie tiene. Y al tiempo que anhelan una vida de felicidad perfecta que es imposible conseguir, son incapaces de tomar las riendas de la vida que sí tienen y enriquecerla con actos contundentes y realistas.
[...] la vida es en último término absurda y está llena de verdades terribles e ineludibles [...] pero [...] sí tiene un sentido: el sentido que cada persona elige dar a su propia existencia.
Gary Cox, 'Cómo ser un existencialista', Editorial Ariel, junio 2011


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