Cada año, coincidiendo con la llegada del año nuevo, millones de personas en los países más ricos del mundo asumen el propósito de cuidarse un poco más, vigilar su alimentación y/o practicar más deporte con el fin de adelgazar [y sentirse mejor consigo mismos]. Cada año, millones de personas en esos mismos países se embarcan, con la proximidad del verano, en dolorosas 'operaciones bikini' con idéntico fin. La obesidad, acompañada de enfermedades como la diabetes de tipo II y/o trastornos cardiovasculares, arrasa en todo el planeta, porque ha dejado de ser un problema de las sociedades más ricas, para convertirse [esta sí] en una verdadera pandemia.
¿Hay alguna solución? Seguro... y no es nueva: tiene más de 50.000 años.
En Biología nada tiene mucho sentido si no es a la luz de la Evolución. En el año 94, participaba activamente en los primeros foros en Internet, en el que se exploraban las relaciones entre nuestra genética, nuestro estilo de vida actual y las desastrosas consecuencias que el desajuste entre uno y otro se dejaban ver a nuestro alrededor. Así conocí, por ejemplo, las investigaciones sobre Restricción Calórica del Dr. Roy Walford, o la Paleodieta del Dr. Voeglitz, popularizada por autores como el Dr. Loren Cordain [y muchos otros]. En la lista de Paleodieta conocí al que ha sido desde el año 96 mi gurú en todo lo relacionado con la nutrición y el deporte, el Dr. Arthur de Vany, padre intelectual del Evolutionary Fitness. Pero me despisto...Creo que lo que quiero deciros es que hace décadas que se sospecha que en la raíz del aumento de los casos de obesidad, diabetes tipo II, cardiopatías y ciertos tipos de cánceres en todo el mundo reside el hecho de que somos cazadores-recolectores alimentándose de comida rápida, mientras ven la TV desde un sofá. Aunque este enfoque ha sido tachado de simplista, las evidencias científicas en su favor no han dejado de acumularse en las últimas décadas.
Es cierto que avances culturales como el uso controlado del fuego, la revolución agrícola o la domesticación de otras especies han tenido un impacto real en nuestros genes. La cría de animales para la producción de leche, por ejemplo, ha provocado que la frecuencia de la tolerancia a la lactosa [la capacidad de un humano adulto para asimilar este azúcar lácteo] varíe de una región a otra en un mismo continente. La intolerancia a la lactosa es casi inexistente en la Europa del Norte, pero relativamente frecuente [del 11 al 20% de la población] en la Europa Mediterránea. Otro ejemplo en este sentido lo representan las adaptaciones al aumento notable del porcentaje de carbohidratos en la dieta en el Neolítico, como es la evolución de la amilasa salival [una enzima que descompone el almidón vegetal, no digerible en su estado natural] a partir de la pancreática [ver "Genes, cultura y dieta", Investigación y Ciencia, junio 2010, pág. 69].
Pero, a pesar de las evidencias existentes en apoyo de una evolución biológica reciente dirigida por los cambios culturales de los últimos 12.000 años, tenemos razones para pensar que, en lo esencial, seguimos contando con el mismo o parecido acervo genético desde hace unos 50.000 años. Siguiendo con el ejemplo de la lactosa, la intolerancia en los humanos adultos constituye más la regla que la excepción. Sorprendente como pueda resultar, hay razones para creer que nuestra dotación genética ha evolucionado muy poco desde el Paleolítico. Lo que sí ha cambiado radicalmente en los últimos siglos es el entorno en el que se expresan esos genes.
Es alucinante la cantidad de creencias erróneas que hay con relación a la vida de nuestros antepasados remotos. Por ejemplo, en contra de lo que generalmente se piensa, es un hecho aceptado entre la comunidad científica que los cazadores - recolectores del paleolítico experimentaban menos hambre o malnutrición que las tribus de agricultores - ganaderos del Neolítico que les sucedieron. El estilo de vida del cazador - recolector, incluyendo en tal sus patrones de actividad tanto como su dieta [qué, cómo, cuándo, cuánto comían] era, por decirlo de una forma simple, más sano. Hasta la introducción de la agricultura no aparecieron enfermedades como la caries o la osteoporosis, por citar sólo dos ejemplos. Los hombres primitivos no padecían de presión arterial alta, colesterol alto ni de los trastornos cardiovasculares asociados a pesar de tener una dieta más rica en carne que nosotros. Es más, su esperanza máxima de vida, es decir, lo máximo que podía llegar a vivir un ser humano antes de morir de vejez, era mayor que la nuestra actual. Los únicos que se les acercan hoy en día son los japoneses.
Aunque la Paleodieta ha sido criticada como una moda más, lo cierto es que funciona, porque responde al metabolismo programado en nuestros genes. Hay evidencias experimentales que demuestran que aporta beneficios significativos, por ejemplo cardiovasculares, frente a otras dietas médicas recomendadas. En resumen, existe una mejor forma de alimentarse - de vivir - y no es nueva, sino todo lo contrario. Llevo veinte años estudiándola, así que creo que ha llegado el momento de compartir lo que he aprendido [alguna Rubia dirá: y de ponerlo en práctica!]. En mis próximas entradas hablaré del trabajo del Dr. Arthur de Vany, probablemente la figura más destacada en el movimiento "Paleo" de hoy en día. Pero antes tengo que resolver otras cosas...


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