Nací, como todos, con un hermoso Sombrero Blanco. Colores, sonidos, olores, texturas... de todo se empapaba, como una esponja, mi cerebro. La percepción organizaba la información procedente de mis sentidos en patrones o pautas con las que poco a poco aprendí a comprender, anticipar o responder a mi entorno. En aquella época todo era neutro, un dato, libre de "cargas". Con el tiempo, este proceso dejó de ser pasivo, para convertirse en una búsqueda afanosa del conocimiento. Me preguntaba ¿Por qué? a cada paso, lo cuestionaba todo, lo revolvía todo, dando lugar a combinaciones sorprendentes, originales. Fue mi época de Sombrero Verde. Cuánto me gustaba mi Sombrero Verde! Estaba siempre deseoso de enseñarlo a los demás, de mostrarles lo asombroso del mundo que percibía. Desgraciadamente, la creatividad es una virtud de la que nos gusta presumir, pero que detestamos en los demás. Fui masacrado sin piedad por los Sombreros Negros, así que escondí mi Sombrero Verde. Elegí el Amarillo como acompañante. Aprendí los usos de los silogismos, practiqué el discurso de la Razón, pero no dejé de soñar con el Reino de Oz, no. Busqué el camino de losas amarillas para llegar hasta allí "con fundamento". Desgraciadamente, el optimismo es una virtud de la que nos gusta presumir, pero que encontramos irritante en los demás. Me llamaron iluso, me aseguraron que nunca llegaría a Nuncajamás. Me harté de todo, arrojé lejos mi Sombrero Amarillo. Siguieron los años de la Rabia, del resentimiento, de la rebeldía ¿sin causa? El Rojo fue mi color. Pero la Rabia se agota tarde o temprano o más bien debería decir que te agota. Te deja vacío. Con un pesar infinito, me coloqué mi Sombrero Negro. Los que me conocieron con el Sombrero Verde, no me reconocían. Los que me acompañaron con el Sombrero Rojo, desaparecieron de mi vida. Fui un hombre sensato, precavido. Un hombre como todos los demás. Pronto descubrí que el pensamiento crítico, negativista, del Sombrero Negro te ayuda a "progresar", pero no te hace feliz. Paradójicamente, el Sombrero Negro me hizo ver que era necesario algo más que el Sombrero Negro para levantarse por las mañanas. Hubo un momento de confusión, luego de claridad absoluta. Mi Sombrero se vistió de Azul. Pensé sobre mis sombreros. Tuve claro que cada sombrero tenía su momento y su lugar. Ahora, cuando salgo a pasear, me pongo siempre que me acuerdo mi Sombrero Amarillo, que en el fondo es mi favorito, pero procuro tener todos los demás bien a mano.
Últimos comentarios