Hace años, tuve oportunidad de trabajar para un hombre que se ganó mi respeto por sus muchas cualidades. Este hombre era (es) muy inteligente, pero eso no fue lo que me impresionó, sino eso otro que se describe a veces como 'su calidad humana'. Paciencia, bondad, vocación de servicio, entrega, dedicación, lealtad, sentido del humor... La clase de persona que no puedes dejar de admirar y, por qué no decirlo, que no puedes dejar de querer. El jefe que todos hubiéramos deseado tener.
La vida es cambio, que han dicho el Buda, Heráclito y un montón de filósofos y tertulianos del tres al cuarto. Un nuevo director gerente llegó a la empresa - en realidad no tan nuevo, puesto que se trataba de un subordinado de este hombre del que os hablo, un señor "con un buen padrino", un palanganero del Gran Hombre. Para decirlo en pocas palabras, este personaje es algo así como la 'ausencia de toda luz'. Un ser completamente amoral, sin más preocupación que el bienestar de los de su tribu [y sólo en la medida en que afecte al suyo propio]. Alguien verdaderamente maligno, de los que me he encontrado en mi vida sólo unos pocos.
Han pasado cuatro años desde entonces y este fin de semana he sabido que mi cliente, la persona que tan profundo impacto causó en mí con la nobleza de su carácter, mi amigo... ha dejado de existir. Como en una película mala de extraterrestres, Otro ocupa su lugar - alguien que recuerda a la persona que fue, pero que es tan distinta de ella como lo era del Señor Tenebroso que ocupó la gerencia. Conversando del tema con unos amigos, no podía evitar sentir una tristeza infinita. Mi cliente es ahora una persona enferma, amargada, paranoica, manipuladora, agresiva, que se comporta como un tirano de cara a su equipo y como el más servil de los esbirros frente al Maligno, del que ahora es tan sólo un instrumento más.
Me
resulta casi imposible creer que una persona de su fortaleza haya
finalmente claudicado. Luego me viene a la cabeza la lectura del angustioso libro de Philip Zimbardo - aún no traducido al castellano -, pienso en el asqueroso experimento de Milgram, recuerdo cómo unos chavales normales, situados en un contexto aberrante, terminan convertidos poco menos que en bestias, me viene a la cabeza el nombre de Abu Ghraib
o el de tantas personas que han aprendido a aceptar como natural algo
que es a todas luces injusto o degradante para otros, personas 'buenas'
que, sin ser conscientes del cambio, se envilecen día a día siendo
indulgentes con la mezquindad ajena o propia, con pequeñas ruindades,
que son como un txirimiri de mierda sobre el alma ... recuerdo todo eso y comprendo que sí, que es posible.
Esto pasa una y otra vez, pasa en todas partes. Pasa cada vez que dejamos que algo que sabemos que está mal continúe estando mal. Pasa cuando nos conformamos. Pasa cuando aceptamos sin cuestionar. Cuando no estamos dispuestos a hacer el esfuerzo que implica pensar críticamente. Cuando no nos arriesgamos a resultar incómodos o políticamente incorrectos. Cuando relativizamos, cuando hablamos de los "múltiples matices del gris". Cuando miramos a otro lado. Cuando nos decimos "total, lo hace todo el mundo", "total, si no soy yo lo hará otro", "total..." Los "totales" nos envilecen. Si creéis que no os puede ocurrir a vosotros, es que probablemente ya esté ocurriendo. Si queréis hacer algo para evitarlo, tal vez leer esto os dé alguna pista. O esto.
Vamos a intentar que el diablo no gane la partida.


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